miércoles, 16 de diciembre de 2015

El Barcelona se ha plantado en la finalísima del Mundial de Clubes casi sin arrugarse el traje.


El Barcelona se ha plantado en la finalísima del Mundial de Clubes casi sin arrugarse el traje. Se esperaba mayor oposición del Guangzhou Evergrande, que venía avalado por su meritoria remontada frente al América mexicano. El conjunto chino llevaba más de medio año sin perder un partido y cuenta en sus filas con varios internacionales brasileños, pero a la hora de la verdad no ha estado a la altura del reto.

Ni las ausencias de Neymar, ya conocida, y Messi, afectado a última hora por un cólico nefrítico, igualaron las fuerzas entre el campeón europeo y asiático, alimentando la idea de que sigue existiendo un abismo entre el fútbol que se practica en las ligas del Viejo Continente y el resto del mundo.

Quizás River pueda poner algún pero a este formulado, pero para ello tendrá que dar varios pasos al frente el próximo domingo en la gran final, porque el equipo que superó con tantos apuros al campeón japonés no parece en condiciones de rebatirlo. Le queda, eso sí, el consabido gen competitivo del futbolista argentino, pero a este Barça no se le frena sólo con entusiasmo y entrega.

La superioridad de los azulgranas fue tal que nadie echó de menos a sus dos principales estrellas. Luis Suárez se bastó para derribar la inicialmente férrea oposición del Guangzhou, que fio su suerte a la fiablidad de su defensa, un plan que dio sus frutos durante la mayor parte del primer tiempo.

Porque al Barça le costó lo suyo abrir el melón chino. Su aplastante dominio no se traducía en ocasiones, principalmente por la ausencia de sus dos jugadores más desequilibrantes, claves a la hora de superar defensas muy pobladas.

El error del meta chino LI Shuai, que despejó en corto un remate de Rakitic sin aparente peligro, puso en bandeja el primer tanto de Luis Suárez, que como siempre estuvo atento al posible fallo del rival para encauzar el partido.

El gol echó abajo el previsible plan del Guangzhou, que por primera vez en el partido se vio en la necesidad de hacer una visita al inédito Claudio Bravo.

Un peligroso cabezazo de Elkeson pudo meter de nuevo a los chinos en el encuentro, pero Bravo desvió con acierto la única ocasión reseñable del conjunto de Scolari en todo el encuentro.

Las posibles dudas sobre el devenir del partido quedaron muy pronto disipadas con un segundo tanto del charrúa, que aprovechó un gran pase de Iniesta para marcar un gol de bandera.

Quedaba aún casi toda la segunda parte, pero el duelo estaba visto para sentencia y sólo quedaba conocer el número de goles que sumaban los blaugranas.

Un inexistente penalti sobre Munir permitía a Luis Suárez redondear su exhibición con una tercera diana, otorgando al charrúa el papel de superestrella que siempre debe tener un jugador de su talla, más allá de que deba compartir los focos con los dos futbolistas más talentosos del planeta.

Por Tomas Campos