Raúl González correr me hacía sentir libre

Lo primero que quiso ser fue beisbolista.

En Río Bravo, Tamaulipas, donde creció tras dejar el rancho en el que nació el 29 de febrero de 1952 en China, Nuevo León, Raúl González Rodríguez escuchaba partidos de los Sultanes y se soñaba pelotero.

“Pero no había dinero para guantes, aquello quedó atrás”, cuenta ahora. “Nunca fui consciente de la pobreza, porque en realidad no nos faltó nada: amaba el campo”.

Entonces decidió correr. Empezó en la secundaria: salía a las 5:30 horas a trotar y así desarrolló condición.

La afición lo llevó a su primera contienda: un maestro los puso a correr a todos, pero Raúl quedó en sexto lugar de ocho.

“Me sentí muy mal, no podía con eso”, cuenta.

Encontró un maestro que lo entrenó para entrar al equipo de atletismo y ahí compitió en carreras de 800 y mil 500 metros. Las empezó a ganar.

Aparte, jugaba basquetbol, voleibol e incluso boxeó un par de años.

Pero lo de él, dice, era correr.

“Era una enorme sensación de libertad, me hacía sentir libre. En cada inhalación me comía al mundo”.

Entró a Físico Matemáticas de la Universidad Autónoma de Nuevo León, de ahí su apodo, y siguió con las carreras, pero hubo otro maestro que le dijo “éntrale a la marcha” y a los 15 días ya era campeón municipal; a los ocho meses, nacional.

En 1970 el entrenador lo invitó a la Ciudad de México para integrarse a la reserva de la selección nacional.

No quería dejar la carrera, pero su destino cambió al clasificar para la contienda de los 50 kilómetros en las Olimpiadas de Munich 1972. No obtuvo nada.

“‘Para atrás, ni un paso’, pensé. Lo mío era esto”.

Tras Montreal y Moscú, donde tampoco ganó, se desligó del Comité Olímpico Mexicano luego de diversas fricciones y buscó entrenar de manera independiente rumbo a Los Ángeles 1984.

Sabía que era su última oportunidad, por lo que no la desaprovecharía: figuraba en las pruebas de marcha de 20 y 50 kilómetros.

Raúl viaja a aquel par de justas que llevarán por siempre su nombre.

“Imborrable. Fueron las competencias donde por primera vez México ganó dos medallas en una sola prueba.

"También son imborrables porque eran mis cuartos Juegos Olímpicos, quizá los últimos. Mi expectativa era ganar el oro en las dos, la de 20 no fue suficientemente satisfactorio, pero una medalla de plata en Juegos Olímpicos no se desprecia”.

Se concentró en la de 50 kilómetros, que hizo fuerte y seguro. Llegó solo al estadio y aquella última vuelta no quiso que terminara nunca. Todas las emociones se apoderaron de él.
Al cruzar la meta pensó en los que le ayudaron, que lo querían.

Pensó en su padre, quien murió seis semanas antes y con quien alcanzó a hablar cuando fue trasladado de emergencia al hospital. Intuía que no lo volvería a ver. Así fue.

“Sigue adelante, hijo”, le expresó.

“Ya estás muy cerca”.

“El Matemático” fue recibido en Monterrey como héroe. Más de medio millón de personas aplaudieron y vitorearon su nombre desde el aeropuerto hasta la Gran Plaza.

Con los años, Raúl comprende la dimensión de aquella gloria: “Fue el pasaporte a una vida diferente, luchando siempre por ser el mismo, por tratar de mantenerme anclado sin perder valores ni principios”, explica este hombre, quien se dedicó a la función pública.

Que lejos llegó, pues, aquel niño del rancho Las Lajas, que soñó con correr sin freno.

“Correr me hacía libre”, reitera, “y fue mi realización”.

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